Kelsen VS Schmitt





La historia del derecho moderno se resume, en gran medida, en el choque intelectual entre dos hombres que vivieron el colapso de la democracia europea desde ángulos opuestos: Hans Kelsen y Carl Schmitt. Esta no fue solo una pelea de libros, sino una lucha por el alma del Estado en una época donde el totalitarismo empezaba a ganar terreno.

Hans Kelsen, nacido en Praga en el seno de una familia judía, representaba la confianza en la razón y en la norma. Su vida estuvo marcada por la construcción de sistemas: fue el arquitecto de la Constitución austriaca y el creador del primer Tribunal Constitucional. Para Kelsen, la ley debía ser pura y estar libre de ideologías; su identidad como judío en una Europa cada vez más antisemita reforzó su convicción de que solo un sistema de reglas fijas y tribunales independientes podía proteger al individuo frente a la arbitrariedad de las masas o de los tiranos.

En la acera de enfrente estaba Carl Schmitt, un brillante jurista alemán de formación católica que terminó convirtiéndose en el "jurista de cabecera" del régimen nazi. Schmitt despreciaba lo que él llamaba el "legalismo vacío". Para él, el derecho no era un conjunto de reglas frías, sino la expresión de la voluntad y la unidad de un pueblo. Su pensamiento era profundamente político y autoritario: mientras Kelsen buscaba proteger a las minorías mediante jueces, Schmitt buscaba la unidad nacional a través de un líder fuerte.

La gran polémica estalló con una pregunta aparentemente sencilla: ¿quién debe ser el guardián de la Constitución? Kelsen argumentaba que la jurisdicción constitucional era verdadera justicia. Sostenía que cuando un tribunal anula una ley por ser inconstitucional, no está haciendo política, sino técnica jurídica. Para él, la Constitución es un marco legal y el juez es el árbitro que asegura que nadie se salga de ese marco. Si permitimos que el guardián sea un político, decía Kelsen, la Constitución deja de ser una norma para convertirse en un juguete del poder.

Schmitt, por el contrario, afirmaba que la justicia constitucional era un fraude. Argumentaba que los jueces, al interpretar conceptos vagos como "libertad" o "interés público", terminan imponiendo sus propios valores personales sin que nadie los haya votado. Para Schmitt, el verdadero guardián debía ser el Jefe de Estado (el Presidente), porque él es quien tiene la legitimidad democrática y la capacidad de actuar en momentos de crisis. Según su visión, un tribunal no puede salvar a un país en una emergencia; solo un líder soberano puede tomar la decisión necesaria para restaurar el orden.

A favor de Kelsen se puede decir que su modelo es el que hoy permite que vivamos en democracias donde el gobierno no puede hacer lo que quiera, dándonos seguridad jurídica. En contra, sus críticos señalan que a veces los tribunales se vuelven demasiado poderosos y frenan la voluntad popular. A favor de Schmitt, se suele reconocer su realismo al señalar que el derecho a veces es impotente ante las grandes crisis políticas. Sin embargo, el argumento en su contra es definitivo: su teoría sirvió para justificar la dictadura de Hitler, demostrando que cuando el "guardián" es un político sin control judicial, la Constitución simplemente desaparece.

Al final, Kelsen tuvo que exiliarse para salvar su vida, mientras que Schmitt prosperó bajo el nazismo, aunque tras la guerra quedó marcado como un paria intelectual. Hoy, aunque el modelo de Kelsen de tribunales constitucionales es el estándar en casi todo el mundo, las advertencias de Schmitt sobre la "politización de la justicia" siguen resonando cada vez que un juez toma una decisión que sacude los cimientos de un gobierno.


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