Cicerón. Defence Speeches


 

Cicerón entra en la Historia como defensor de la República romana. Stefan Zweig, en sus Momentos estelares de la humanidad, lo sitúa en el primer capítulo a la altura de otras miniaturas históricas, como la conquista de Bizancio o el descubrimiento del Pacífico.

Senador, orador y abogado —lo que hoy llamaríamos un penalista— encarna, ante todo, la lealtad a la República (por la que dio su vida, literalmente). Para él, la República era la única forma de gobierno capaz de articular los derechos de los ciudadanos romanos. Se opuso férreamente a cualquier forma de tiranía, ya fuera la de Catilina, la de César o la de Sila.

Conocemos su arte oratorio gracias a los discursos que han quedado reflejados por escrito, aunque, lamentablemente, no podemos apreciar al orador en acción.

El primero de esos discursos,  Pro Roscio Amerino, lo pronunció al inicio de su carrera, cuando apenas tenía 26 años. En este proceso se acusaba injustamente a su cliente, Sexto Roscio, de asesinar a su padre, delito castigado con la pena de muerte cuando, en realidad, lo fue por los secuaces de Sila, un dictador romano (82 a.C. al 79 a.C.). Su régimen tenía como modo de proceder matar y proscribir a los enemigos para confiscar sus bienes.

Podemos seleccionar el pasaje inicial, en el que explica las razones por las que aceptó el encargo de defender a su cliente:

Imagino, miembros del jurado, que deberán estar ustedes preguntándose la razón de por qué, cuando hay tantos oradores destacados y hombres de la más alta alcurnia aquí presentes hoy en este Tribunal, soy yo, de toda esta gente, quien debe alzarse para dirigirse a ustedes, pues ni en edad, ni en habilidad, ni en autoridad soporto la comparación con estos hombres que han permanecido sentados. Todos aquellos a quienes veis aquí apoyando a mi cliente creen que en este caso se ha cometido un atropello, que se trata de un acto de criminalidad sin precedentes y que esto debería ser resistido; pero para resistirlo ellos mismos no tienen el coraje necesario, considerando los tiempos tan desfavorables en los que vivimos. El resultado es que hoy están presentes en el juicio porque es su deber hacerlo así, pero no dicen nada porque quieren mantenerse fuera de peligro. Así pues, ¿soy yo el más honrado aquí? Lejos de ello. ¿O estoy más atento a mis obligaciones que cualquiera? Difícilmente soy digno incluso para esa distinción, que desearía que a otros no les fuese privada. ¿Qué es, entonces, lo que me ha conducido a mí, más que a ningún otro, a asumir la defensa de Sexto Roscio?

La razón es esta: si cualquiera de estos hombres a quienes veis aquí, altamente influyentes y distinguidas figuras como lo son, fuera a hablar a favor de Roscio e hiciera cualquier mención en absoluto de política —algo que en este caso es inevitable—, se asumiría que está diciendo mucho más de lo que realmente está diciendo. Conmigo, en cambio, si yo digo abiertamente todo lo que este caso requiere, no me encontraré, ciertamente, con que mi discurso se pueda difundir y convertirse en conocimiento público hasta el mismo grado.

Una segunda razón es esta: con los otros, su rango y distinción son tales que nada de lo que digan pasaría desapercibido, mientras que, debido a su edad y experiencia, ningún perdón se otorgaría por cualquier observación indiscreta que pudieran hacer. En cambio, si soy yo el que habla demasiado libremente, lo que yo diga o bien será ignorado porque todavía no me he embarcado en una carrera política, o bien será perdonado a cuenta de mi juventud; aunque no solo la idea del perdón, sino incluso la costumbre de la investigación judicial han sido abolidas ahora mismo en Roma.

También hay una tercera razón: puede ser, quizás, que a los otros se les pidiera hablar de una manera tal que su decisión pareciera no estar afectada por lazos de obligación alguna. En mi caso, sin embargo, fui solicitado por hombres que, por su amistad, sus actos de amabilidad y su posición, ejercían el peso más grande sobre mí, y consideré que nunca podía ignorar su amabilidad hacia mí, ni dejar de tener en cuenta su rango, ni descuidar sus deseos.”

Cicerón, finalmente, ganó el caso demostrando  los verdaderos motivos de los secuaces de Sila: quedarse con los bienes del padre del acusado, aunque cuidó de omitir cualquier participación directa del dictador en esta conjura. A este encargo vinieron otros muchos,  dándole fama de gran orador.

El propio Cicerón escribió El Orador, uno de los tratados sobre el arte de hablar más importantes de la historia de la cultura occidental. En este libro describe los distintos estilos oratorios y en  uno de los pasajes que hemos seleccionado analiza las ventajas de la prosa rítmica diciendo:

"Hablar en un buen estilo oratorio, Bruto —tú lo sabes mejor que nadie—, no es otra cosa que hablar con las mejores ideas y con las palabras más recogidas. Y no hay ninguna idea que sea provechosa al orador, si no está expuesta de una forma armoniosa y acabada, y no aparece el brillo de las palabras, si no están cuidadosamente colocadas ; y una y otra cosa es realizada por el ritmo —esto hay que repetirlo constantemente— no sólo no está sujeto a las leyes de la poesía, sino que incluso la evita y no se parece en nada a ella; y no es que no sea el mismo el ritmo en los oradores y en los poetas e incluso en los que hablan y, en fin, en todo aquello que tiene sonido y puede ser medido por los oídos, sino que colocación de los pies hace que los que se dice parezca semejante a prosa o a poesía.

Después de una vida dedicada a la res publica, como senador y abogado, con César pasó al ostracismo, por haberse opuesto al régimen, aún a pesar de las victorias en el campo de batalla.  Se retiró al estudio en sus propiedades rústicas. Sin embargo, peor suerte le depararía el Segundo Triunvirato de Marco Antonio, Octavio y Lépido por los que fue señalado como enemigo público, debido a los valores que encarnaba. Los sicarios enviados  fueron a sus tierras para asesinarle. Cicerón, sabiendo que era su final, no opuso resistencia....

Durante aquellos años de retiro hizo suya la.célebre frase atribuida a Escipión "Nunca estuve más activo que cuando no tuve nada que hacer y nunca menos sólo que cuando estuve sólo conmigo mismo"

La vida y, sobre todo, la muerte de Cicerón son una muestra del alto precio que se paga por oponerse a la Tiranía 






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